Psicología

Penas de Amor

Lic. Patricia Pignato - 27-07-2014

 

Uno de los temas principales que motivan la consulta psicológica de algunas personas se relaciona con las “penas de amor”, es decir: dificultades en la pareja donde el vacío en la comunicación, la incomprensión mutua, la desconfianza, la infidelidad y el resentimiento, entre tantas otras cuestiones, generan un profundo sufrimiento.

 

Muchas son las parejas que durante largo tiempo se sostienen en ese penoso estado de infelicidad, tal vez por el intenso dolor que les produce la desvinculación y el terror que provoca la soledad.

 

Duele aceptar que aquel camino que emprendieron juntos, se fue desvaneciendo y ya no da para más… No obstante hay quienes deciden permanecer igual en esos vínculos poco saludables, naturalizando el destrato, la descalificación, la indiferencia y el desamor.

 

¿Pero por qué sucede esto? En primer lugar, debemos entender que cuando se construye una pareja, cada miembro llega a la misma con una matriz afectiva primaria, es decir, con su propia historia, los pactos inconscientes que se establecen en una pareja responden al entramado familiar de cada uno, observándose una complejidad en la relación donde hacen eco patrones de comportamiento patológicos transmitidos inconscientemente por sus ancestros (ejemplo: varones déspotas con mujeres sumisas). En algunos casos el pacto es claramente consciente, eligen canjear la felicidad por la seguridad (seguridad que puede ser de orden económico o la seguridad de pertenecer a una estructura familiar), vemos aquí como la pareja funciona como un refugio más que como un lugar de expansión, crecimiento e intercambio positivo.

 

Quienes soportan estas relaciones asimétricas, por lo general, son personas con una muy baja autoestima, mayormente se da en mujeres más que en los hombres. Estas personas temen la ruptura y suelen soportar cualquier cosa, como por ejemplo la humillación, el destrato, etc. Con tal de no salirse de esa relación enferma, que por lo general, está sostenida en la ilusión de que algo cambiará algún día. Les dificulta comprender que: “no te merece quién te lastima y te hace sufrir”.

 

La licenciada Patricia Faur denomina a este tipo de personas como codependientes afectivas, y nos dice que de pequeñas han tenido que asumir responsabilidades de adultos, ocupándose de padres que no pudieron asumir sus respectivos roles de cuidado hacia sus hijos, tal vez por enfermedades u otras problemáticas, por lo tanto, los hijos parentificados sufrieron una alteración de las funciones o jerarquías, debiendo sobreadaptarse y postergando, así, sus propias necesidades para brindar cuidados a otros, es decir, son niños que no pudieron vivir su infancia, por lo tanto, van creciendo con un sentimiento del cuidado, protección y responsabilidad extrema, siendo muy pacientes e hipertolerantes en la adultez, a tal punto de soportar lo insoportable, ya que naturalizan el dolor y no se dan cuenta hasta que enferman.

 

En la codependencia afectiva hay una necesidad de ser queridos y aceptados, y se esfuerzan por lograrlo, necesitan que los necesiten.

 

En la incondicionalidad de esa dependencia afectiva fomentan el trato abusivo de la otra parte. Son vínculos donde se ha establecido una violencia del desamor, son vínculos adictivos, de los cuales cuesta correrse.

 

Faur nos dice: La relación con el otro funciona como la adicción a una sustancia, hace mal pero no se logra dejar, la adicción tiene más que ver con evitar el dolor que con buscar el placer y las dependientes afectivas no saben del placer sino del deber, estar para el otro a cualquier costo. Es la adicción a una ilusión amorosa de lo que podría ocurrir si el otro cambiara.

 

Lo más saludable que pueden hacer estas personas es dejar de esperar que el cambio se produzca en el otro y comenzar a bucear en su interior.

 

“Tu tarea no es buscar el amor, sino buscar y encontrar dentro de ti todas las barreras que has construido en contra de él”. (Rumi)

 

La vida tiene una naturaleza cambiante y nadie nos obliga a permanecer donde no queremos o no podemos ser felices, si algo nos impide salir de ese espacio, son precisamente los miedos, las creencias, las obsesiones y los mandatos…

 

El carcelero no habita afuera sino adentro de nosotros.

 

 

 

Lic. Patricia Pignato

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